Capítulo Undécimo: INTERZONA
"En el principio era la palabra"
Juan 1:1
"Cambiad cortad enredad las líneas de palabras"
William Burroughs
Entre 1923 y 1956, la ciudad marroquí de Tánger, ubicada en el Estrecho de Gibraltar, fue declarada una zona internacional (interzone). Un gobierno conjunto entre Gran Bretaña, Francia y España. Este extraño estatuto, reglamentaba que cada seis meses un país distinto gobernaba la zona. Tánger era más un limbo que una zona geográfica, un espacio donde no operan ni las leyes ni las conductas morales. Los limbos legales son terreno abonado para contrabandistas, traficantes, blanqueadores de divisas y exiliados políticos. "Casablanca" de Michael Curtiz se basa en ese Tánger intrigante repleto de espías y conjuras internacionales. Pero si la suspensión de la ley atrae a este tipo de intrigantes, delincuentes, oportunistas y buscavidas, los limbos morales también atraen a los artistas y vividores. Y será en este Tánger por donde se entrecruzan XXX donde William Burroughs se volverá a encontrar con uno de sus mentores: el pintor y escritor Gysin, el cual años atrás por accidente (o debido a una sincronicidad, la semiosis del universo), al proteger una mesa, que iba a emplear para cortar sobre su superficie trozos de papel, con recortes de papel para evitar rayarla, descubrió que los recortes de letra impresa, desgajados de su contexto original y vueltos a unir aleatoriamente, formaban atrayentes yuxtaposiciones. Comenzó a cortar deliberadamente artículos del periódico en recuadros que podrían ser reorganizados al azar. Así nació el cut-up. Con el precedente de Tristan Tzara en el cabaret Voltaire cuando aposto ante Andre Breton que sería capaz crear un poema instantáneamente sacando papeles con palabras escritas al azar del interior de su sombrero. El re-descubrimiento de Gysin de esta técnica, de forma accidental nos puede recordar a otros grandes descubrimientos fortuitos de la música pop, como por ejemplo el uso del feedback por los Kinks en "You Really Got Me" o el acid de la mano de la caja de ritmos Roland TR-808.
La Interzona es también puede ser el viejo ritual del rock & roll, ese simulacro que vivimos actualmente en las giras de los inextinguibles Rolling Stones o en los conciertos de Iggy Pop obligado a exhibir el poderío físico de su juventud ad eternum o en las innumerables bandas que se reúnen o se dedican a tocar sus grandes éxitos de hace décadas, como exiliados en una zona muerta, un limbo, donde son condenados a realizar la tarea de Sísifo. La Interzona es también la política expansionista de los Estados Unidos que no busca anexionarse de nuevos territorios (recuérdese que la incursión estadounidense en Vietnam fue descrita, desde el principio, como "un proceso de retirada") sino que Estados Unidos se sirve de un proceso de espejismo, mientras interviene subterráneamente en los gobiernos de otros países para crear zonas alégales en distintas partes del planeta. Y la Interzona de William Burroughs, que en principio se refiere al efecto causado al inyectarse heroína, no sólo se queda a ese nivel químico sino que trasciende a otro metafísico, sin ser necesaria después la mediación opiácea para que Burroughs pudiera llegar a ese lugar, que parece no estar localizado en ninguna geografía. Un espacio mental al que se accede por mediación de la química pero también una zona metafísica a la que se accede de manera física, donde la materia se ve afectada por medio de la mente. O un interregno entre ambos. Mediante el uso del cut-up, Burroughs, rompe el flujo lineal de la narración de la cultura occidental para dar forma a un continuum. Nuestros sentidos y nuestra mente no va registrando uno por uno, los sucesos que van ocurriendo a nuestro alrededor, ocurren de manera simultánea, pero nuestra mente filtra ese océano de contenidos que son percibidos holísticamente, hasta que recibimos sólo los que considera más importantes (y por tanto nos protege de ser conscientes de ese almuerzo desnudo). En Oriente, los budistas entienden la mente humana como un mono que va saltando de una ventana a otra sin control. Para alcanzar la iluminación, uno ha de ser consciente de esos irracionales saltos vertiginosos de la mente, es decir, pensarse a uno mismo pensando. La identidad no es sino una ilusión creada por la mente al atar artificialmente unas ideas con otras (lo que le ocurría a Lenny en "Memento", donde se empleaba su particular tipo de amnesia para plantearnos una duda ontológica, como un anticipo de un nuevo arquetipo existencial). Al igual que en el Zen, la búsqueda de Burroughs es la búsqueda del silencio, es decir, los estados no verbales de la mente, la ausencia de palabras en la conciencia. Únicamente quien haya alcanzado el silencio puede ser dueño de su lenguaje. Los semiólogos han señalado la preeminencia del lenguaje en la conformación del pensamiento humano; los psicoanalistas gustan repetir que el lenguaje informa nuestra psiquis desde fuera, que “somos hablados” por el lenguaje. Deshacerse del virus lenguaje es el inicio para deshacerse del universo pregrabado, predecible y muerto. El lenguaje es un virus que parasita al individuo e introduce en este la idea de que él es quien crea (ideas, formas, conceptos) mediante el lenguaje, cuando únicamente es usado por este para propagarse ad infinitum. El lenguaje es el orden masculino, expurgado del caos femenino, repetido hasta la infinidad: cadenas de patrones que se esparcen, mediante los individuos que, infectados, son utilizados por el lenguaje para infectar a otros a través del tiempo. Influido por Gysin, no sólo por su metodología del cut-up, sino por su faceta de artista multidisciplinar, Burroughs con su arquitectura improvisada de las palabras extrae geometrías cubistas de la pintura al descolocar las unidades semánticas cortadas y luego reorganizadas con precisos medios de (des)montaje que son un metatropo que estrangula a las formas narrativas tradicionales y destruyen el principio de autoridad del canon literario, formando un retrato cubista donde los ángulos se confunden y simultanean. Yendo más allá de las nuevas conexiones que establece el surrealismo y compartiendo un vínculo holístico con la música pictórica y poética de los impresionistas franceses. Una puerta de espacio discontinuo, audible, quebrando el tiempo lineal, contenido en los cauces de la narrativa. Como en su obra "La treta Maya", Burroughs cree en que al mezclar el orden de las imágenes y el orden de las grabaciones era posible generar una fisura en la máquina de control para introducir por ese "sangrado de la realidad", una pauta de orden alterado o para explorar el signo fuera del contexto constreñido por su uso, para vaciarlo de su virus creado para evitar la expansión mental, para impedir que saltemos del tiempo al espacio. Burroughs se erige en un Dios que esparce hilos que lo conectan todo, un clima mental que se derrama por el mundo a través del cauce hipervinculante entre pensamiento y realidad. El lenguaje es una tecnología ubicua y cifrada que contiene comandos para instalarse en tu cerebro y poder ser manipulado. Al usar palabras para traducir la información que llega en forma de impulsos eléctricos a tu cerebro, activas su software. Codifica tu percepción. La música, a través de la conexión emocional con tus sentidos, activa reacciones más antiguas que el pensamiento contaminado, desencadena nuevas asociaciones sinápticas, devuelve a la palabra con significado a una forma anterior, al sonido.
El cut-up puede dislocar narrativas preestablecidas, romper hábitos, permitir que emerjan nuevas asociaciones. El cut-up permite reescribir sobre nosotros mismos (tal como hacía Lenny en "Memento"), lo cual, al diluir esa identidad codificada por el lenguaje, a su vez, permite adoptar nuevas identidades (o una identidad metamórfica) ya que no existe una identidad primera que nos separe de esas ficciones (que por otro lado, no son menos reales que la ficción o identidad primera). El cut-up puede adoptar otras formas aparte de las literarias, las músicas del Atlántico Negro son cut-up musical (la necesidad de reutilizar las músicas ajenas a los que son expuestos, disolviendo su núcleo para reescribir sus arquetipos/significados nuevos en ellas), remix (reinterpretación de géneros), collage (mezcla de géneros). La hibridación es una constante en cualquier estilo musical (el purismo es un acto imposible, intentar detener un proceso que es ajeno a nuestras voluntades, como un Rey Canuto tratando de regular el flujo de las mareas mediante edicto real) pero la esencia negro africana incubada en el tiempo en la península ibérica durante los cerca de mil años de dominio árabe y que posteriormente, siglos después, se reencontrara con su fuente a través de los esclavos negros en las colonias americanas, potenciando su gen ya inscrito en ellas, que a su vez, se alimentara de diversos afluentes surgidos durante esa distancia de la fuente original, será siempre el gen dominante: la que modulará un cambio mucho más intenso que cualquier otro acaecido hasta el momento. Ya que directamente, la música mestiza, será el fruto de la tensión entre tradición y vanguardia, entre abstracción y representación, entre arte y artesanía ser atravesada, desde su mismo inicio, por una serie de conflictos inmanentes al hecho de que tenían que reproducir un software con la información corrupta (el eco desvaneciente de la madre África) con un hardware inadecuado (los instrumentos y las normativas musicales occidentales). La manera en que la esencia negra relee los estilos no es únicamente fruto de la diáspora, el cruce de caminos o la evolución de un cuerpo o estilo musical, es un reinicio. No toma los demás estilos como son, sino que emplea su mito, su origen deífico, su imagen distorsionada, su subtexto, los contenidos agregados (tal como la música psicodélica adaptará culturas musicales ajenas no occidentales, o reelaborara las músicas locales desde ese punto de vista extraviado, inexistente, desde un punto en el que no existe memoria, un lugar sin contexto, nuevo). No es en las letras de sus canciones, sino en su mismo núcleo de sonido donde pone en juego líneas de antivirus contra la arquitectura del orden de la sociedad occidental, líneas de código que activan la parte arcaica del aparato psíquico. El sonido del Atlántico Negro abre el cauce del potencial libidinoso reprimido, que a su vez crea en los sujetos visiones mentales, que a su vez modifican (lo que percibimos como) la realidad. La cinta magnética convierte el tiempo en una sustancia plástica, material maleable, tiempo plegable. A la vez que abstrae el sonido del espacio-tiempo y del evento-acción. Restableciendo lo olvidado, virando del logos spermatikos al phone spermatiko: en el principio fue el sonido, antes que la palabra."Dios es ritmo/ El ritmo es origen y el origen es ritmo/ !Silencio!/ El silencio es ritmo también" que cantaban las Slits en "In the Beginning There Was rhythm". La música es, en esencia, un arte del tiempo. Transcurre en el tiempo y siempre se manifiesta con respecto a la expectativa de movimiento a través del tiempo. Su percepción se triangula sobre las tres dimensiones del tiempo: el transcurrir-el presente-, el recuerdo -el pasado, los sonidos ya transcurridos, que aún resuenan en la memoria- y la expectativa -el futuro, lo que a partir de lo evocado y de lo transcurrido, la mente se prepara para escuchar. Y es el ritmo el que permite acelerar o frenar este transcurso, este tiempo. El ritmo es la partícula que lo une todo desde aquella explosión lejana que lo inicio todo y que aún retumba en nuestros oídos ya que sus ecos no se han desvanecido: en esa reverberación eterna, es la fragmentación, el discontinuum que impone el ritmo, la alternancia entre sonido y silencio, lo que permite moldear la materia; las posibilidades combinatorias de cambiar el acento rítmico dentro del compas abren infinitos submenús de posibilidades que surgieron de las figuras rítmicas del soul de James Brown, que una vez aisladas y acentuadas sus sincopas, darán lugar al funk; la rica fragancia de estilos jamaicanos acelerando o ralentizando los ritmos hasta que encontraron la manera de extenderlo hasta el infinito con el eco, las polirrítmias del batería Tony Williams que permitían a Miles Davis internarse por un sendero de atavismo africano que liberó a los instrumentos de las ortodoxias musicales occidentales, llegando Miles a declarar que "no tocamos acordes, tocamos sonido" o incluso, la manera en que Davis creaba situaciones de imprevisibilidad musical para evitar que los músicos actuasen de forma habitual y tuviesen que reaccionar por instinto, es una forma de acentuar el tiempo en ese estado de alerta total, el zoom sobre la capa rítmica de la música disco, el ostinato imperturbable con que Moe Tucker atravesaba transversalmente el caos psicótico de la Velvet Underground, saltaría hacia el krautrock y su ritmo motorik, fundiéndose por el camino con el omnipresente Davis, el marmoleo pero moldeable sonido de Jaki Liebezeit (Can) o John Bonham (Led Zeppelin) que ataban terrenalmente las expediciones en el éter onírico de sus respectivos conjuntos, los irregulares ritmos de las músicas centroamericanas y la infinita riqueza de Cuba o Brasil, y un inextinguible etcétera son ejemplos de nuevos corpus musicales emergentes a partir de una ligera variación rítmica. El ritmo es lo que permite anclar cualquier emulsión sonora y hacer retumbar su sustrato hasta fragmentarlo. La polirrítmia del Atlántico Negro hace latir la memoria muscular de cuando aún éramos todos una misma tribu de África, antes de la gran diáspora y la separación de las placas tectónicas. El ritmo externo y el interno se hacen uno, que desdibuja la programación de la civilización. El otro que habita en nosotros se hace con el control a través de la tradición del cuerpo y de la carne. La manera en que los sonidos pueden articular el tiempo. Lo inarticulado por delante de las estructuras de orden, el grano de la voz por delante de la oralidad, lo inabarcable por delante de lo que puede ser contenido en definiciones: los patrones palpitantes que estructuran la realidad. La música portadora de sueños, subtextos, visiones rompe el tejido de información, inepcia, brutalidad valores hegemónicos, el ruido constante, lo predecible, lo que viaja por raíles abandonados y siempre lleva a los mismos lugares áridos. La Interzona es donde se fragua la batalla por el inconsciente colectivo, "el inconsciente habla y piensa, el inconsciente no es una reserva de pulsiones salvajes que han sido domesticadas por el yo, sino el lugar donde una verdad traumática habla" (Slavoj Zizek). No es por tanto una zona estática, sino que puede mutar. Tal como ocurrirá cuando la música del Atlántico Negro restablezca la sensualidad del sonido por encima del logos, la voz materna, la feminidad extirpada de forma tan brusca que su herida ha iniciado mitos como el de las sirenas o el de los hombres-cigarra. La música mestiza da forma a su propia hiperstición, una ficción que crea el propio futuro que predice. "Hiperstición es un circuito de retroalimentación positiva que incluye a la cultura como componente. Puede ser definido como la (tecno) ciencia experimental de las profecías autocumplidas" según Nick Land, creador del concepto, o, simplemente, la puesta al día de aquel aforismo del Evangelio de San Juan que identificaba a Dios como una narrativa en acto, “El verbo hecho hombre”. La música mestiza es un entente entre aceleracionismo e hiperstición (pero vitalista y humanista en lugar de aciago y posthumano) ya que subsume todas las demás músicas por acción de su poderosa matriz (la música africana) que a su vez es modificada internamente y se reconfigura como ente multiforme capaz de mutar indefiniblemente y adaptarse para acoger cualquier materia ajena en un proceso osmótico. Y a su vez, retroalimenta estos materiales, los redirige por sus dinámicas libidinales y los proyecta al futuro.
Internet es una tecnología que suplanta a la droga (sustancia necesaria para acceder a la interzona de Burroughs), a la misma satisfacción sexual (fuente primordial del orgón de Reich) y cuya irrealidad coloniza nuestro subconsciente (invalidando las ondas alpha de la máquina de Gysin). Una extensión de la máquina deseante, o el objeto en-si de Lacan; la red deseante. Maquinas que nos obligan a tenerlas encendidas en todo momento y pendientes de ellas (de sus contenidos siempre fluctuantes, de sus llamativas novedades, mails autogenerados por bots o sus requerimientos de atención: tonos insistentes, luces parpadeantes, actualizaciones, etc, que nos mantienen en un constante estado de ansiedad que solo termina cuando apagamos la máquina) acariciando constantemente sus pantallas táctiles como en un juego erótico, que satisfacen tanto nuestras pulsiones sexuales (necesitan que nos reproduzcamos para que construyamos más, esto es, para reproducirse ellas, a tal fin estimulan nuestra libido con imágenes que conjuran con la información que la propia red recaba y extrae sobre nuestras preferencias sexuales, así como nos permiten contactar con otros seres humanos con aplicaciones ad hoc para ese propósito) como nuestra imaginación y nos contagian de su promesa de celeridad y satisfacción instantánea, a la par que, como siendo otro lenguaje con sus características epistémicas, somos leídos por el lenguaje informático y convertidos los seres humanos en transmisores semiautomáticos dentro del incesante flujo de información. Las relaciones interpersonales en el mundo digital son, en parte, una prolongación de las comunicaciones epistolares con su juego, según Jacques Derrida, entre la ausencia y la demora (la demora es minimizada por el texto pero la ausencia física pertenece) y por otra, carecen de la tridimensional de los contactos sociales habituales y/ pretéritos. La mayor inmediatez y rapidez de los sistemas de comunicación rebasa nuestras capacidades reactivas, que se ven avasalladas por una serie de procesos, todos sucediendo simultáneamente y pugnando por reclamar nuestra atención, como si estuviéramos siendo objeto de un "tercer grado", experimentando lo mismo que esos cautivos a los que se somete a la falta de sueño y alimento para minar su voluntad y poder sonsacarles. Reaccionamos adecuando comportamiento al medio, que no solo es el mensaje, sino también el fin. Un laboratorio y campo de entrenamiento para futuros posthumanos e inteligencias artificiales con nosotros como cobayas, subsumiéndonos como un collage de tecnología desechada siendo estimulada al límite de sus capacidades por imágenes que crean sus algoritmos y que vinculan deseos en nuestras mentes.
Las webs de citas modifican la realidad a través del aspecto inhumano de sus hombres y mujeres aspecto, todos clónicos entre si. Inoculando el deseo convertirse en otro doppelgänger de esos prototipos físicos virtuo-reales, cuyo aspecto ha sido conseguido mediante una alianza entre lo digital y lo analógico: una serie de herramientas, como los filtros visuales, de manipulación de imagen digital y técnicas quirúrgicas como la cirugía estética. A través de la irrupción del virus digital en lo ontológico nos convertimos en una tabula rasa para que la esfera digital (en una traslación del poder divino del verbo hecho carne- que según Walter Benjamin, una parte muy débil de ese omnnipoder migro hacia el lenguaje- al código computacional) se imprima fenomenológicamente en nosotros. Las relaciones entre los propios seres humanos se ven infectadas de las dinámicas computacionales y sus inmanencias que no solo las hacen posibles, sino que arrastran sus modelos hacia el exterior. El esoterismo del capitalismo real obtiene una victoria adicional al vehicularlas para abstraernos de un mundo en el que cada vez somos menos necesarios y en el que no desean que nos involucremos socialmente. Son experiencias totalmente opuestas el surfear por la web donde cada acto es una iteración infinita, sin finalidad, intercambiable entre si ya que accedemos a una dimensión atemporal e infinita, con cabalgar las ondas de sonido, un momento preciso y único. Kairos vs cronos.
Los pulsos primordiales de la música mestiza también eran una tecnología mental que nos permitía percibir la dimensión total del tiempo en la cual que lo que llamamos pasado, presente y futuro está sucediendo al mismo tiempo, aunque nosotros lo percibamos de una manera lineal. El LSD permitía superar la cárcel de nuestras percepciones sensitivas y establecer conexiones sincrónicas (dos, o más, sucesos no emparentados de manera causal sino vinculados por el sentido, según Carl Jung, creador del término "[...] emplearé el concepto general de sincronicidad en el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar [...] lo diferenciaré del término sincronismo, que constituye la mera simultaneidad de dos sucesos"). Las visiones producidas por la correcta combinación de droga y música (marihuana en el reggae y dub, LSD para la música psicodélica, etc.) constituían una actualización de software para la mente, llevándola más allá de sus límites evolutivos (permitiendo el acceso a otros universos de sonido, expandiendo la paleta de colores del sonido o abriendo la mente-oído a matices inapreciables sin la previa alteración de los sentidos debido al cambio de la química corporal a consecuencia de la droga) y permitiendo el acceso pleno a la dimensión temporal el tiempo, lo cual permitía acelerarlo, detenerlo, o solaparlo como ha hecho Dylan en cuya obra los esqueletos estructurales del sincrético folclore de Estados Unidos se regurgitan una y otra vez con ropajes distintos a lo largo de toda su carrera. Ya que para Dylan, esos músicos fueron vanguardistas que se adelantaron a su tiempo, tanto por su sonoridad como por la profundidad psicólogica y emocional de su obra. Como el mismo explica en su autobiografía "Cronicas I" del 2004: "pensaba mucho en (Robert) Johnson. Me preguntaba qué clase de gente escuchaba su música. Cuesta creer que hubiera braceros y aparceros en locales de baile capaces de conectar con canciones como aquellas. Cabe plantearse si Johnson tocaba para un público futuro que solo él podía ver"
La narrativa establecida a lo largo de los años por la crítica ha ido creando un molesto sedimento volviendo a establecer patrones de alta y baja cultura en la música pop, que deberían haber sido abolidos de una vez por siempre tras "Sgt. Pepper's" en lugar de volver a ser introducidos subrepticiamente mediante conceptos inapropiados y carentes de significado como "credibilidad", "autenticidad" o "raíces". Se han alzado una serie de premisas acríticas y fetichistas según la cual se ensalza lo que represente estos valores volubles, sin importar el qué, o aquello que pertenezca a un ciclo artístico determinado buscando, en otra época, una fuente cuyo flujo no deje de manar en lugar de emprender la búsqueda de nuevas corrientes subterráneas.
Existe una tendencia en el ser humano a potenciar la individualidad por vía de la imaginación, de la irrealidad (entendiendo como realidad aquello que no puede ser transformado a simple voluntad de nuestros deseos), cada vez que nos hemos reunido en grupos más numerosos y nuestras existencias se han asemejado más entre sí. Esto ocurre desde el descubrimiento de la agricultura en el Neolítico, a consecuencia de la cual, el ser humano se volvió sedentario. Su manera de diferenciarse ha tomado muchas vías (religiones, credos, política, arte, cuestiones identitarias o raciales, etc) y en nuestro contexto actual, el pop hipnagógico parece responder a los cambios que internet ha provocado en nuestras vidas, es decir, es una adaptación a la nueva tecnología. Pues refleja conscientemente ese ruido difuso o el ser una consecuencia colateral a esa continua disolución del presente, al estar rodeados de realidades virtuales en constante pugna por llamar nuestra atención y el flujo constante de estímulos e información que, en el mencionado pop hipnagógico se reflejan en la ilusión de construir un tiempo (que cambia el futuro desde un pasado ficticio, retomado desde la infancia, con sus errores perceptivos y recuerdos velados) que abarque las tres dimensiones (pasado, presente y futuro) y se sitúe en una cuarta, una dimensión onírica, un lugar apartado, idílico, donde nuestra sensorialidad descanse. Es por ello que es una música desvanecida que parece estar tocada por seres translúcidos. En lugar de atraparte por el vitalismo de la fuerza creativa que erige mundos privados y ser arrastrados por sus fuerzas gravitatorias, estos mundos de melancolía de la espectrología te absorben por su vacío, en la sensación de estar atrapados en un no lugar. Despertarse en un hotel cuyas sabanas que cubren la cama siempre están limpias, pero al que nunca llamaras hogar, perderse en el pasillo de un supermercado que no logramos ubicar emotiva o geográficamente, puesto que todos los pasillos son iguales en todas partes. Lugares muertos donde la información queda sepultada, enterrada entre miles de datos que no se terminan de definir en nuestra memoria tal como ocurre en la red, ese oráculo sordo, ciego, con amnesia y síndrome de falta de atención. El recuerdo que te deja paralizado, el recuerdo que ha abierto túneles en las heridas que causo, las heridas aún cicatrizadas que nos has cauterizado en la memoria, el recuerdo que te finaliza en lágrimas. Lágrimas que no indican el principio ni el final de nada.
Juan 1:1
"Cambiad cortad enredad las líneas de palabras"
William Burroughs
Entre 1923 y 1956, la ciudad marroquí de Tánger, ubicada en el Estrecho de Gibraltar, fue declarada una zona internacional (interzone). Un gobierno conjunto entre Gran Bretaña, Francia y España. Este extraño estatuto, reglamentaba que cada seis meses un país distinto gobernaba la zona. Tánger era más un limbo que una zona geográfica, un espacio donde no operan ni las leyes ni las conductas morales. Los limbos legales son terreno abonado para contrabandistas, traficantes, blanqueadores de divisas y exiliados políticos. "Casablanca" de Michael Curtiz se basa en ese Tánger intrigante repleto de espías y conjuras internacionales. Pero si la suspensión de la ley atrae a este tipo de intrigantes, delincuentes, oportunistas y buscavidas, los limbos morales también atraen a los artistas y vividores. Y será en este Tánger por donde se entrecruzan XXX donde William Burroughs se volverá a encontrar con uno de sus mentores: el pintor y escritor Gysin, el cual años atrás por accidente (o debido a una sincronicidad, la semiosis del universo), al proteger una mesa, que iba a emplear para cortar sobre su superficie trozos de papel, con recortes de papel para evitar rayarla, descubrió que los recortes de letra impresa, desgajados de su contexto original y vueltos a unir aleatoriamente, formaban atrayentes yuxtaposiciones. Comenzó a cortar deliberadamente artículos del periódico en recuadros que podrían ser reorganizados al azar. Así nació el cut-up. Con el precedente de Tristan Tzara en el cabaret Voltaire cuando aposto ante Andre Breton que sería capaz crear un poema instantáneamente sacando papeles con palabras escritas al azar del interior de su sombrero. El re-descubrimiento de Gysin de esta técnica, de forma accidental nos puede recordar a otros grandes descubrimientos fortuitos de la música pop, como por ejemplo el uso del feedback por los Kinks en "You Really Got Me" o el acid de la mano de la caja de ritmos Roland TR-808.
La Interzona es también puede ser el viejo ritual del rock & roll, ese simulacro que vivimos actualmente en las giras de los inextinguibles Rolling Stones o en los conciertos de Iggy Pop obligado a exhibir el poderío físico de su juventud ad eternum o en las innumerables bandas que se reúnen o se dedican a tocar sus grandes éxitos de hace décadas, como exiliados en una zona muerta, un limbo, donde son condenados a realizar la tarea de Sísifo. La Interzona es también la política expansionista de los Estados Unidos que no busca anexionarse de nuevos territorios (recuérdese que la incursión estadounidense en Vietnam fue descrita, desde el principio, como "un proceso de retirada") sino que Estados Unidos se sirve de un proceso de espejismo, mientras interviene subterráneamente en los gobiernos de otros países para crear zonas alégales en distintas partes del planeta. Y la Interzona de William Burroughs, que en principio se refiere al efecto causado al inyectarse heroína, no sólo se queda a ese nivel químico sino que trasciende a otro metafísico, sin ser necesaria después la mediación opiácea para que Burroughs pudiera llegar a ese lugar, que parece no estar localizado en ninguna geografía. Un espacio mental al que se accede por mediación de la química pero también una zona metafísica a la que se accede de manera física, donde la materia se ve afectada por medio de la mente. O un interregno entre ambos. Mediante el uso del cut-up, Burroughs, rompe el flujo lineal de la narración de la cultura occidental para dar forma a un continuum. Nuestros sentidos y nuestra mente no va registrando uno por uno, los sucesos que van ocurriendo a nuestro alrededor, ocurren de manera simultánea, pero nuestra mente filtra ese océano de contenidos que son percibidos holísticamente, hasta que recibimos sólo los que considera más importantes (y por tanto nos protege de ser conscientes de ese almuerzo desnudo). En Oriente, los budistas entienden la mente humana como un mono que va saltando de una ventana a otra sin control. Para alcanzar la iluminación, uno ha de ser consciente de esos irracionales saltos vertiginosos de la mente, es decir, pensarse a uno mismo pensando. La identidad no es sino una ilusión creada por la mente al atar artificialmente unas ideas con otras (lo que le ocurría a Lenny en "Memento", donde se empleaba su particular tipo de amnesia para plantearnos una duda ontológica, como un anticipo de un nuevo arquetipo existencial). Al igual que en el Zen, la búsqueda de Burroughs es la búsqueda del silencio, es decir, los estados no verbales de la mente, la ausencia de palabras en la conciencia. Únicamente quien haya alcanzado el silencio puede ser dueño de su lenguaje. Los semiólogos han señalado la preeminencia del lenguaje en la conformación del pensamiento humano; los psicoanalistas gustan repetir que el lenguaje informa nuestra psiquis desde fuera, que “somos hablados” por el lenguaje. Deshacerse del virus lenguaje es el inicio para deshacerse del universo pregrabado, predecible y muerto. El lenguaje es un virus que parasita al individuo e introduce en este la idea de que él es quien crea (ideas, formas, conceptos) mediante el lenguaje, cuando únicamente es usado por este para propagarse ad infinitum. El lenguaje es el orden masculino, expurgado del caos femenino, repetido hasta la infinidad: cadenas de patrones que se esparcen, mediante los individuos que, infectados, son utilizados por el lenguaje para infectar a otros a través del tiempo. Influido por Gysin, no sólo por su metodología del cut-up, sino por su faceta de artista multidisciplinar, Burroughs con su arquitectura improvisada de las palabras extrae geometrías cubistas de la pintura al descolocar las unidades semánticas cortadas y luego reorganizadas con precisos medios de (des)montaje que son un metatropo que estrangula a las formas narrativas tradicionales y destruyen el principio de autoridad del canon literario, formando un retrato cubista donde los ángulos se confunden y simultanean. Yendo más allá de las nuevas conexiones que establece el surrealismo y compartiendo un vínculo holístico con la música pictórica y poética de los impresionistas franceses. Una puerta de espacio discontinuo, audible, quebrando el tiempo lineal, contenido en los cauces de la narrativa. Como en su obra "La treta Maya", Burroughs cree en que al mezclar el orden de las imágenes y el orden de las grabaciones era posible generar una fisura en la máquina de control para introducir por ese "sangrado de la realidad", una pauta de orden alterado o para explorar el signo fuera del contexto constreñido por su uso, para vaciarlo de su virus creado para evitar la expansión mental, para impedir que saltemos del tiempo al espacio. Burroughs se erige en un Dios que esparce hilos que lo conectan todo, un clima mental que se derrama por el mundo a través del cauce hipervinculante entre pensamiento y realidad. El lenguaje es una tecnología ubicua y cifrada que contiene comandos para instalarse en tu cerebro y poder ser manipulado. Al usar palabras para traducir la información que llega en forma de impulsos eléctricos a tu cerebro, activas su software. Codifica tu percepción. La música, a través de la conexión emocional con tus sentidos, activa reacciones más antiguas que el pensamiento contaminado, desencadena nuevas asociaciones sinápticas, devuelve a la palabra con significado a una forma anterior, al sonido.
El cut-up puede dislocar narrativas preestablecidas, romper hábitos, permitir que emerjan nuevas asociaciones. El cut-up permite reescribir sobre nosotros mismos (tal como hacía Lenny en "Memento"), lo cual, al diluir esa identidad codificada por el lenguaje, a su vez, permite adoptar nuevas identidades (o una identidad metamórfica) ya que no existe una identidad primera que nos separe de esas ficciones (que por otro lado, no son menos reales que la ficción o identidad primera). El cut-up puede adoptar otras formas aparte de las literarias, las músicas del Atlántico Negro son cut-up musical (la necesidad de reutilizar las músicas ajenas a los que son expuestos, disolviendo su núcleo para reescribir sus arquetipos/significados nuevos en ellas), remix (reinterpretación de géneros), collage (mezcla de géneros). La hibridación es una constante en cualquier estilo musical (el purismo es un acto imposible, intentar detener un proceso que es ajeno a nuestras voluntades, como un Rey Canuto tratando de regular el flujo de las mareas mediante edicto real) pero la esencia negro africana incubada en el tiempo en la península ibérica durante los cerca de mil años de dominio árabe y que posteriormente, siglos después, se reencontrara con su fuente a través de los esclavos negros en las colonias americanas, potenciando su gen ya inscrito en ellas, que a su vez, se alimentara de diversos afluentes surgidos durante esa distancia de la fuente original, será siempre el gen dominante: la que modulará un cambio mucho más intenso que cualquier otro acaecido hasta el momento. Ya que directamente, la música mestiza, será el fruto de la tensión entre tradición y vanguardia, entre abstracción y representación, entre arte y artesanía ser atravesada, desde su mismo inicio, por una serie de conflictos inmanentes al hecho de que tenían que reproducir un software con la información corrupta (el eco desvaneciente de la madre África) con un hardware inadecuado (los instrumentos y las normativas musicales occidentales). La manera en que la esencia negra relee los estilos no es únicamente fruto de la diáspora, el cruce de caminos o la evolución de un cuerpo o estilo musical, es un reinicio. No toma los demás estilos como son, sino que emplea su mito, su origen deífico, su imagen distorsionada, su subtexto, los contenidos agregados (tal como la música psicodélica adaptará culturas musicales ajenas no occidentales, o reelaborara las músicas locales desde ese punto de vista extraviado, inexistente, desde un punto en el que no existe memoria, un lugar sin contexto, nuevo). No es en las letras de sus canciones, sino en su mismo núcleo de sonido donde pone en juego líneas de antivirus contra la arquitectura del orden de la sociedad occidental, líneas de código que activan la parte arcaica del aparato psíquico. El sonido del Atlántico Negro abre el cauce del potencial libidinoso reprimido, que a su vez crea en los sujetos visiones mentales, que a su vez modifican (lo que percibimos como) la realidad. La cinta magnética convierte el tiempo en una sustancia plástica, material maleable, tiempo plegable. A la vez que abstrae el sonido del espacio-tiempo y del evento-acción. Restableciendo lo olvidado, virando del logos spermatikos al phone spermatiko: en el principio fue el sonido, antes que la palabra."Dios es ritmo/ El ritmo es origen y el origen es ritmo/ !Silencio!/ El silencio es ritmo también" que cantaban las Slits en "In the Beginning There Was rhythm". La música es, en esencia, un arte del tiempo. Transcurre en el tiempo y siempre se manifiesta con respecto a la expectativa de movimiento a través del tiempo. Su percepción se triangula sobre las tres dimensiones del tiempo: el transcurrir-el presente-, el recuerdo -el pasado, los sonidos ya transcurridos, que aún resuenan en la memoria- y la expectativa -el futuro, lo que a partir de lo evocado y de lo transcurrido, la mente se prepara para escuchar. Y es el ritmo el que permite acelerar o frenar este transcurso, este tiempo. El ritmo es la partícula que lo une todo desde aquella explosión lejana que lo inicio todo y que aún retumba en nuestros oídos ya que sus ecos no se han desvanecido: en esa reverberación eterna, es la fragmentación, el discontinuum que impone el ritmo, la alternancia entre sonido y silencio, lo que permite moldear la materia; las posibilidades combinatorias de cambiar el acento rítmico dentro del compas abren infinitos submenús de posibilidades que surgieron de las figuras rítmicas del soul de James Brown, que una vez aisladas y acentuadas sus sincopas, darán lugar al funk; la rica fragancia de estilos jamaicanos acelerando o ralentizando los ritmos hasta que encontraron la manera de extenderlo hasta el infinito con el eco, las polirrítmias del batería Tony Williams que permitían a Miles Davis internarse por un sendero de atavismo africano que liberó a los instrumentos de las ortodoxias musicales occidentales, llegando Miles a declarar que "no tocamos acordes, tocamos sonido" o incluso, la manera en que Davis creaba situaciones de imprevisibilidad musical para evitar que los músicos actuasen de forma habitual y tuviesen que reaccionar por instinto, es una forma de acentuar el tiempo en ese estado de alerta total, el zoom sobre la capa rítmica de la música disco, el ostinato imperturbable con que Moe Tucker atravesaba transversalmente el caos psicótico de la Velvet Underground, saltaría hacia el krautrock y su ritmo motorik, fundiéndose por el camino con el omnipresente Davis, el marmoleo pero moldeable sonido de Jaki Liebezeit (Can) o John Bonham (Led Zeppelin) que ataban terrenalmente las expediciones en el éter onírico de sus respectivos conjuntos, los irregulares ritmos de las músicas centroamericanas y la infinita riqueza de Cuba o Brasil, y un inextinguible etcétera son ejemplos de nuevos corpus musicales emergentes a partir de una ligera variación rítmica. El ritmo es lo que permite anclar cualquier emulsión sonora y hacer retumbar su sustrato hasta fragmentarlo. La polirrítmia del Atlántico Negro hace latir la memoria muscular de cuando aún éramos todos una misma tribu de África, antes de la gran diáspora y la separación de las placas tectónicas. El ritmo externo y el interno se hacen uno, que desdibuja la programación de la civilización. El otro que habita en nosotros se hace con el control a través de la tradición del cuerpo y de la carne. La manera en que los sonidos pueden articular el tiempo. Lo inarticulado por delante de las estructuras de orden, el grano de la voz por delante de la oralidad, lo inabarcable por delante de lo que puede ser contenido en definiciones: los patrones palpitantes que estructuran la realidad. La música portadora de sueños, subtextos, visiones rompe el tejido de información, inepcia, brutalidad valores hegemónicos, el ruido constante, lo predecible, lo que viaja por raíles abandonados y siempre lleva a los mismos lugares áridos. La Interzona es donde se fragua la batalla por el inconsciente colectivo, "el inconsciente habla y piensa, el inconsciente no es una reserva de pulsiones salvajes que han sido domesticadas por el yo, sino el lugar donde una verdad traumática habla" (Slavoj Zizek). No es por tanto una zona estática, sino que puede mutar. Tal como ocurrirá cuando la música del Atlántico Negro restablezca la sensualidad del sonido por encima del logos, la voz materna, la feminidad extirpada de forma tan brusca que su herida ha iniciado mitos como el de las sirenas o el de los hombres-cigarra. La música mestiza da forma a su propia hiperstición, una ficción que crea el propio futuro que predice. "Hiperstición es un circuito de retroalimentación positiva que incluye a la cultura como componente. Puede ser definido como la (tecno) ciencia experimental de las profecías autocumplidas" según Nick Land, creador del concepto, o, simplemente, la puesta al día de aquel aforismo del Evangelio de San Juan que identificaba a Dios como una narrativa en acto, “El verbo hecho hombre”. La música mestiza es un entente entre aceleracionismo e hiperstición (pero vitalista y humanista en lugar de aciago y posthumano) ya que subsume todas las demás músicas por acción de su poderosa matriz (la música africana) que a su vez es modificada internamente y se reconfigura como ente multiforme capaz de mutar indefiniblemente y adaptarse para acoger cualquier materia ajena en un proceso osmótico. Y a su vez, retroalimenta estos materiales, los redirige por sus dinámicas libidinales y los proyecta al futuro.
Internet es una tecnología que suplanta a la droga (sustancia necesaria para acceder a la interzona de Burroughs), a la misma satisfacción sexual (fuente primordial del orgón de Reich) y cuya irrealidad coloniza nuestro subconsciente (invalidando las ondas alpha de la máquina de Gysin). Una extensión de la máquina deseante, o el objeto en-si de Lacan; la red deseante. Maquinas que nos obligan a tenerlas encendidas en todo momento y pendientes de ellas (de sus contenidos siempre fluctuantes, de sus llamativas novedades, mails autogenerados por bots o sus requerimientos de atención: tonos insistentes, luces parpadeantes, actualizaciones, etc, que nos mantienen en un constante estado de ansiedad que solo termina cuando apagamos la máquina) acariciando constantemente sus pantallas táctiles como en un juego erótico, que satisfacen tanto nuestras pulsiones sexuales (necesitan que nos reproduzcamos para que construyamos más, esto es, para reproducirse ellas, a tal fin estimulan nuestra libido con imágenes que conjuran con la información que la propia red recaba y extrae sobre nuestras preferencias sexuales, así como nos permiten contactar con otros seres humanos con aplicaciones ad hoc para ese propósito) como nuestra imaginación y nos contagian de su promesa de celeridad y satisfacción instantánea, a la par que, como siendo otro lenguaje con sus características epistémicas, somos leídos por el lenguaje informático y convertidos los seres humanos en transmisores semiautomáticos dentro del incesante flujo de información. Las relaciones interpersonales en el mundo digital son, en parte, una prolongación de las comunicaciones epistolares con su juego, según Jacques Derrida, entre la ausencia y la demora (la demora es minimizada por el texto pero la ausencia física pertenece) y por otra, carecen de la tridimensional de los contactos sociales habituales y/ pretéritos. La mayor inmediatez y rapidez de los sistemas de comunicación rebasa nuestras capacidades reactivas, que se ven avasalladas por una serie de procesos, todos sucediendo simultáneamente y pugnando por reclamar nuestra atención, como si estuviéramos siendo objeto de un "tercer grado", experimentando lo mismo que esos cautivos a los que se somete a la falta de sueño y alimento para minar su voluntad y poder sonsacarles. Reaccionamos adecuando comportamiento al medio, que no solo es el mensaje, sino también el fin. Un laboratorio y campo de entrenamiento para futuros posthumanos e inteligencias artificiales con nosotros como cobayas, subsumiéndonos como un collage de tecnología desechada siendo estimulada al límite de sus capacidades por imágenes que crean sus algoritmos y que vinculan deseos en nuestras mentes.
Las webs de citas modifican la realidad a través del aspecto inhumano de sus hombres y mujeres aspecto, todos clónicos entre si. Inoculando el deseo convertirse en otro doppelgänger de esos prototipos físicos virtuo-reales, cuyo aspecto ha sido conseguido mediante una alianza entre lo digital y lo analógico: una serie de herramientas, como los filtros visuales, de manipulación de imagen digital y técnicas quirúrgicas como la cirugía estética. A través de la irrupción del virus digital en lo ontológico nos convertimos en una tabula rasa para que la esfera digital (en una traslación del poder divino del verbo hecho carne- que según Walter Benjamin, una parte muy débil de ese omnnipoder migro hacia el lenguaje- al código computacional) se imprima fenomenológicamente en nosotros. Las relaciones entre los propios seres humanos se ven infectadas de las dinámicas computacionales y sus inmanencias que no solo las hacen posibles, sino que arrastran sus modelos hacia el exterior. El esoterismo del capitalismo real obtiene una victoria adicional al vehicularlas para abstraernos de un mundo en el que cada vez somos menos necesarios y en el que no desean que nos involucremos socialmente. Son experiencias totalmente opuestas el surfear por la web donde cada acto es una iteración infinita, sin finalidad, intercambiable entre si ya que accedemos a una dimensión atemporal e infinita, con cabalgar las ondas de sonido, un momento preciso y único. Kairos vs cronos.
Los pulsos primordiales de la música mestiza también eran una tecnología mental que nos permitía percibir la dimensión total del tiempo en la cual que lo que llamamos pasado, presente y futuro está sucediendo al mismo tiempo, aunque nosotros lo percibamos de una manera lineal. El LSD permitía superar la cárcel de nuestras percepciones sensitivas y establecer conexiones sincrónicas (dos, o más, sucesos no emparentados de manera causal sino vinculados por el sentido, según Carl Jung, creador del término "[...] emplearé el concepto general de sincronicidad en el sentido especial de una coincidencia temporal de dos o más sucesos relacionados entre sí de una manera no causal, cuyo contenido significativo sea igual o similar [...] lo diferenciaré del término sincronismo, que constituye la mera simultaneidad de dos sucesos"). Las visiones producidas por la correcta combinación de droga y música (marihuana en el reggae y dub, LSD para la música psicodélica, etc.) constituían una actualización de software para la mente, llevándola más allá de sus límites evolutivos (permitiendo el acceso a otros universos de sonido, expandiendo la paleta de colores del sonido o abriendo la mente-oído a matices inapreciables sin la previa alteración de los sentidos debido al cambio de la química corporal a consecuencia de la droga) y permitiendo el acceso pleno a la dimensión temporal el tiempo, lo cual permitía acelerarlo, detenerlo, o solaparlo como ha hecho Dylan en cuya obra los esqueletos estructurales del sincrético folclore de Estados Unidos se regurgitan una y otra vez con ropajes distintos a lo largo de toda su carrera. Ya que para Dylan, esos músicos fueron vanguardistas que se adelantaron a su tiempo, tanto por su sonoridad como por la profundidad psicólogica y emocional de su obra. Como el mismo explica en su autobiografía "Cronicas I" del 2004: "pensaba mucho en (Robert) Johnson. Me preguntaba qué clase de gente escuchaba su música. Cuesta creer que hubiera braceros y aparceros en locales de baile capaces de conectar con canciones como aquellas. Cabe plantearse si Johnson tocaba para un público futuro que solo él podía ver"
La narrativa establecida a lo largo de los años por la crítica ha ido creando un molesto sedimento volviendo a establecer patrones de alta y baja cultura en la música pop, que deberían haber sido abolidos de una vez por siempre tras "Sgt. Pepper's" en lugar de volver a ser introducidos subrepticiamente mediante conceptos inapropiados y carentes de significado como "credibilidad", "autenticidad" o "raíces". Se han alzado una serie de premisas acríticas y fetichistas según la cual se ensalza lo que represente estos valores volubles, sin importar el qué, o aquello que pertenezca a un ciclo artístico determinado buscando, en otra época, una fuente cuyo flujo no deje de manar en lugar de emprender la búsqueda de nuevas corrientes subterráneas.
Existe una tendencia en el ser humano a potenciar la individualidad por vía de la imaginación, de la irrealidad (entendiendo como realidad aquello que no puede ser transformado a simple voluntad de nuestros deseos), cada vez que nos hemos reunido en grupos más numerosos y nuestras existencias se han asemejado más entre sí. Esto ocurre desde el descubrimiento de la agricultura en el Neolítico, a consecuencia de la cual, el ser humano se volvió sedentario. Su manera de diferenciarse ha tomado muchas vías (religiones, credos, política, arte, cuestiones identitarias o raciales, etc) y en nuestro contexto actual, el pop hipnagógico parece responder a los cambios que internet ha provocado en nuestras vidas, es decir, es una adaptación a la nueva tecnología. Pues refleja conscientemente ese ruido difuso o el ser una consecuencia colateral a esa continua disolución del presente, al estar rodeados de realidades virtuales en constante pugna por llamar nuestra atención y el flujo constante de estímulos e información que, en el mencionado pop hipnagógico se reflejan en la ilusión de construir un tiempo (que cambia el futuro desde un pasado ficticio, retomado desde la infancia, con sus errores perceptivos y recuerdos velados) que abarque las tres dimensiones (pasado, presente y futuro) y se sitúe en una cuarta, una dimensión onírica, un lugar apartado, idílico, donde nuestra sensorialidad descanse. Es por ello que es una música desvanecida que parece estar tocada por seres translúcidos. En lugar de atraparte por el vitalismo de la fuerza creativa que erige mundos privados y ser arrastrados por sus fuerzas gravitatorias, estos mundos de melancolía de la espectrología te absorben por su vacío, en la sensación de estar atrapados en un no lugar. Despertarse en un hotel cuyas sabanas que cubren la cama siempre están limpias, pero al que nunca llamaras hogar, perderse en el pasillo de un supermercado que no logramos ubicar emotiva o geográficamente, puesto que todos los pasillos son iguales en todas partes. Lugares muertos donde la información queda sepultada, enterrada entre miles de datos que no se terminan de definir en nuestra memoria tal como ocurre en la red, ese oráculo sordo, ciego, con amnesia y síndrome de falta de atención. El recuerdo que te deja paralizado, el recuerdo que ha abierto túneles en las heridas que causo, las heridas aún cicatrizadas que nos has cauterizado en la memoria, el recuerdo que te finaliza en lágrimas. Lágrimas que no indican el principio ni el final de nada.



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